Las calles y plazas de marzo

Página/12 | Opinión

“La ultraderecha vino a destruirlo todo”. No fue la consigna de alguna fuerza política o el discurso de un parlamentario opositor. El grito conceptual cargado de simbolismo lo protagonizó la artista Dolores Fonzi en oportunidad de recibir el Goya por “Belén” como Mejor Película Iberoamericana. La directora afirmó: “el mundo se convirtió en una película de terror. Ya se ha nombrado el genocidio en Gaza, el reclamo de las mujeres en Irán y la persecución de migrantes en Estados Unidos, (…) yo vengo del futuro, de un país donde incluso el Presidente puso en venta el agua. No solo defendemos el cine… que no les pase a ustedes”. Con similar sentido, en defensa de la naturaleza, se pronunció la Pastoral Social de la Iglesia Católica señalando que “el agua es un derecho natural inalienable, las fuentes de agua son fuentes de vida”. Sin embargo, la reforma de la Ley de Glaciares fue votada por el oficialismo y amigables libertarios representando los intereses de las grandes corporaciones mineras inglesas, canadienses, australianas y norteamericanas. La ambición de las potencias extranjeras por apropiarse de nuestras minas viene de muy lejos: en 1802 Mariano Moreno, siendo estudiante en Chuquisaca, decía en defensa de la población originaria sometida a la mita, y de nuestra riqueza minera: “la vida de los mortales importa más que el aumento de los metales”. Una vez más se expresa que en el capitalismo no existen democracias en abstracto, ya que siempre están condicionadas y amalgamadas con el poder económico y cultural dominante.

 

De allí que ahora, subidos al triunfalismo de la ultraderecha mileísta se proponen ir por todo. El propio Presidente en su discurso de apertura de sesiones ordinarias, en sus teatralizaciones autopercibidas como “geniales” y sus fantasías de grandeza histórica, ratificó la idea de avanzar implantando su modelo thatcheriano de apertura y liquidación de derechos sociales y culturales. Nada dijo sobre la vida del pueblo, y mucho menos mencionó iniciativas para mejorar el salario, el trabajo, la vivienda, la educación o los hospitales públicos. Por el contrario, entre las novedades anunció el envío al parlamento de una ley que por quinta vez intentará reducir más aún el presupuesto a las universidades públicas, con el propósito deliberado de acentuar la crisis de este trascendente sector de la sociedad. El gobierno intenta dar por hecho la eliminación de derechos fundamentales de los trabajadores y las organizaciones sindicales, soslayando la fuerte oposición que tiene la ley contrarreformista, incluyendo importantes manifestaciones y un paro general.

 

La ofensiva parlamentaria del gobierno viene acompañada, como siempre, por habituales humaredas desviacionistas, potenciadas desde los medios hegemónicos. El debate sobre las licencias médicas se transformó en un ejemplo de presente griego, ya que ese propósito de por sí odioso e inhumano, no resulta comparable a la enorme importancia del FAL (Fondo Asistencia Laboral) que implica una transferencia formidable de U$S 2500 millones por año desde el ANSES a las empresas privadas. Su objetivo es el vaciamiento del sistema que sustenta el pago del derecho a jubilarse conquistado hace décadas por la ciudadanía democrática. La ley contrarreformista cancela también otros logros de los y las trabajadoras: el “banco de horas” en los hechos recorta el pago de horas extras; las vacaciones como derecho al descanso con la familia en adelante las resolverá el empleador según su plan empresario. Las indemnizaciones como derecho del trabajo se abaratan estimulando la vulnerabilidad del trabajador. Todas estas medidas, deseadas desde siempre por las patronales, se complementan con un recorte draconiano de las asociaciones sindicales como instrumento de defensa social. En esta cuestión crucial, la ley cercena el derecho de huelga, generalizando arbitrariamente el concepto de “servicios esenciales”. Liquida las convenciones colectivas, reemplazándolas por la negociación por empresa, fracturando la organización nacional. La ruptura de paritarias es un objetivo soñado por las derechas neoliberales, que siempre las atacaron valiéndose del estigma de que “tienen el sello de la Carta del Lavoro de Mussolini (1927)”. Todo se hace como parte de un rito sacrificial que venera al tótem de “la competitividad y modernización”, el cual estimulará el afán empresario “por dar más trabajo”. Se trata de un neopaganismo cuyo propósito es el de ocultar la verdad, intentando convencer a una parte del pueblo. Estos sofismas son enarbolados por el Presidente como parte de su batalla cultural, siguiendo el mandato thatcheriano de que “lo que más importa es ganar el alma de la gente”, imbricado con una incondicionalidad a las aventuras trumpistas, que va sembrando guerras, secuestros y asesinatos de presidentes, bloqueos y sanciones comerciales indiscriminadas en pos de imponer el dominio imperialista. Esa lógica incluye una política de disciplinamiento, no solo mediante la coerción a periodistas y represión a jubilados, sino también atacando a personajes de la burguesía local. Descontamos que estos señores no persiguen la democratización del sistema económico para que sea más justo, solo defienden sus intereses. Sin embargo, el impulso por castigar a estos grandes empresarios los incluye entre los réprobos.

 

Para los que valoramos políticamente el protagonismo del pueblo como factor determinante de los acontecimientos, marzo se presenta alentador. Se vienen pronunciamientos y manifestaciones en todas las plazas del país, del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, resignificando a aquellas luchadoras de fines del siglo XIX. La avanzada anti derechos contra las mujeres y diversidades, con su inevitable componente cultural oscurantista, chocará con la enorme energía política demostrada por ese movimiento. En marzo también se sentirá en las calles y plazas el eco de las luchas de trabajadoras/es reclamando salarios dignos cada vez más deteriorados por la acción del modelo mileísta. Esperamos que este 24 exprese una respuesta gigantesca en las plazas de la Patria por Memoria, Verdad y Justicia, y en homenaje a nuestras 30 mil compañeras y compañeros desaparecidos. La triste caravana de los resignados por refugiarse en el viejo almacén del Paseo Colón deberá hacer una pausa. Marzo será el mes de los que no tienen perdida la fe.

 

Nota publicada en Página/12 el 04/03/2026

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