Página/12 | Opinión
El impacto de la victoria del Presidente Lula y su fuerza política de izquierda gana intensidad y no para de ensancharse. El fenómeno ya es planetario, aunque particularmente afectaría a nuestro Continente, ya que para Trump y la ultra derecha de la potencia imperialista sería ésta la parte del mundo destinada a subordinarse a su control absoluto, en términos políticos, económicos y culturales. Luego de varios éxitos de sus proyectos conservadores, se presentaba como “inevitable” el triunfo de su delfín en Brasil, cumpliéndose entonces su plan estratégico y definitivo con Marco Rubio y su grupo ultraderechista de La Florida oficiando de ariete de ese fracasado plan. El proyecto manifiesto del mandatario estadounidense incluía avanzar sobre los países más determinantes de “su espacio vital”: Canadá, México y Brasil. Es un hecho incontrastable que en ninguno de ellos sus gobiernos y la ciudadanía se allanaron a su plan hegemonista.
Luego del trascendente episodio del Brasil de Lula, todo indica que el sueño de revivir y aplicar la desprestigiada doctrina Monroe sobre América, vuelve a chocar contra el muro de las resistencias de pueblos y gobiernos, en los que el ideario de soberanía económica, política e identidad nacional se fue fraguando en sus tejidos sociales, amalgamando una sólida línea de defensa. Sin embargo, como resulta inevitable, continúan los debates en torno a la lectura política del terremoto lulista, todos realizados desde su propio prisma ideológico. En nuestro país, algunos de los principales líderes políticos salieron tempranamente a “interpretar” el triunfo colocando el énfasis en que “el PT es la mitad del dispositivo de la alianza”, y que “de hecho Alckmin viene de la centro derecha y sus figuras más importantes en el senado son de ese núcleo ideológico”, concluyendo que “Lula es el Perón de este siglo y que junto con el partido demócrata de Estados Unidos, sobre todo con los nuevos emergentes, empezarán a ser el anti MAGA en la región». Sin embargo, no habría que soslayar que la figura de Lula como líder de izquierda proveniente del mundo obrero, es el factor determinante, ya que desde su trayectoria, prestigio y pertenencia ideológica impregna al conjunto de su fuerza y a la ciudadanía. Por otra parte es un dato esencial y de carácter histórico que desde 1980 su partido, el PT, es la fuerza núcleo del proyecto político, conformada desde siempre por grandes grupos sociales, partidos progresistas, la izquierda católica, la teología de la liberación, Movimiento Sin Tierra, organizaciones obreras y campesinas, universitarias, socialismos democráticos y feminismos que reivindican su espacio en la sociedad. El emblema de Marielle Franco se ha transformado en un ejemplo viviente del aporte de ese afluente social y cultural al triunfo del PT. Desde esa centralidad principal, Lula fue ampliando su espacio incluyendo a sectores de centro representados principalmente por su Vicepresidente para sumar representación de la sociedad, en pos de una construcción política superadora, capaz de confrontar electoralmente a la derecha, a partir del advenimiento del bolsonarismo.
Faltaría valorar otro elemento determinante de la experiencia democrática brasileña: su aptitud para combinar los diversos factores de la sociedad moderna; interpelar más y mejor a los jóvenes y a las mujeres desde las calles y las redes, pero potenciando la épica política y la movilización masiva desde abajo. Los propios jóvenes militantes del lulismo declararon que “lo digital solo gana cuando pisa la calle, y cuando hay un dirigente capaz de enfrentar al sistema político y económico con medidas que benefician a la mayoría”, enarbolando el concepto de “traje antisistema”. Se debe valorar también que lo popular, nacional y progresista es la verdadera opción defensora del sistema y valores democráticos, frente a una derecha que ya desnudó su esencia autoritaria, coercitiva en términos sociales y culturales, y determinada a inficionar a la justicia y otros niveles de representación con sus violencias verbales, inmoralidades y represiones, que desvirtúan la vida democrática. Luego del lulazo se ratifica que esos poderes no son invencibles, como quieren imponer en el sentido común.
Ante la inesperada remontada petista, el Presidente argentino, más aislado que nunca de la región, sostuvo su silencio. Todos los gobiernos legitimaron el triunfo de Lula, mientras Milei quedó atrapado en su apoyo militante a Bolsonaro y sus ataques al Presidente de Brasil, al que calificó de “ladrón y presidiario”. Al otro día de la victoria del PT, el mandatario argentino ratificó que no cambiará el rumbo de su proyecto, ya que “sería inmoral, injusto y una afrenta a la credibilidad que se creó en estos años”. Siguiendo ese impulso irrefrenable, atacó nuevamente a la prensa: “esos señores me odian porque les corté la pauta y son de izquierda”. En la volteada cayeron periodistas como Morales Solá, Pagni y Alconada Mon quienes integrarían ese polo izquierdista. Cabe preguntarse si se trata de una enorme confusión sobre identidades e ideologías, o un vulgar y primitivo neo macartismo.
Desde esta triunfante experiencia del Partido de los Trabajadores, en esta etapa crucial en nuestro país habría que pensar en la construcción de un bloque político, social y cultural lo más amplio posible, superando largas controversias que generan irreparables pérdidas de energía política, y de tiempos críticos, convocando a la militancia y a las mayorías. Ese camino de unidad tendrá que transitarse junto al debate crítico sobre los ejes políticos y el programa a presentarle al pueblo, teniendo en cuenta que habrá que asumir la titánica y apasionante misión de recuperar a nuestra patria del poder de las corporaciones extranjeras que le transfirió vertiginosamente el mileísmo y la burguesía local fugadora, con la aquiescencia de los partidos de derecha y los auto percibidos dialogismos que votan sus leyes.
Y se viene el Papa León XIV con su doctrina de justicia social proveniente de teólogos jesuitas, su voluntad de intervenir por la paz y contra las guerras, su lucha frente al deterioro ambiental del Planeta y las consecuencias imprevisibles de la inteligencia artificial. Claro que su perspectiva proviene del evangelio y de la Iglesia católica que representa, sin embargo, su enorme entidad simbólica, supera al legítimo sentimiento religioso que interpelará y movilizará a millones de personas, transformándose en un trascendente acontecimiento político, social y cultural.