Página/12 | Opinión
El 6 de agosto será un día clave. El Gobierno nacional presiona y ofrece dádivas con el propósito de que el Senado otorgue media sanción al proyecto oficial que habilita, sin ninguna restricción, la compra de tierras a corporaciones e individuos extranjeros. Desde siempre, nos indignamos ante la usurpación de nuestras Malvinas por el ya perimido imperio británico y el aventurerismo de la dictadura genocida de Galtieri que nos condujo a una guerra infame contra la criminal M. Thatcher. En la actualidad, nuestras Islas irredentas son más cruciales aún, por sus recursos petrolíferos, pesqueros y su ubicación estratégica para el control transoceánico y la Antártida. ¿Qué sentiremos como pueblo que celebra el trapo de la Scaloneta en el Mundial como un acto soberano; cuando nuestras tierras generosas en recursos mineros, biodiversidad, fuentes de agua dulce y gas, sean compradas por empresas extranjeras y capitalistas multimillonarios? Esas corporaciones planetarias también usufructuarán el RIGI y de aprobarse, el Súper RIGI, privando al país de la explotación de riquezas imprescindibles para afrontar la deuda interna con nuestro pueblo. El sentimiento de deshonra y humillación y sus consecuencias económicas serán trascendentes. Ningún argentino “de bien” o “de mal”, siguiendo el maniqueísmo del Presidente, debe aceptar un acto político tan antipatriótico.
El proyecto falsamente llamado “inviolabilidad de la propiedad privada” es una arista fundamental que completa el dispositivo de extranjerización diseñado por Milei y Sturzenegger. Pero no es la única avanzada contra los intereses nacionales, en el marco de la ofensiva de la ultraderecha, en todo el planeta. Mientras Trump retoma su política arancelaria hegemonista y su guerrerismo, el Gobierno y su Ministro Caputo tiran al bulto un paquete de nuevas normas y derogaciones masivas a lo legislado por el Congreso durante más de un siglo. Los proyectos presentados y los anunciados abarcan ámbitos muy diversos: modifica la Carta Orgánica del BCRA, elimina el régimen de Zona Fría, suprime las PASO para obstaculizar la unión de la oposición, reforma la ley de salud mental, deroga la Ley de Etiquetado Frontal, Ley “Hojarasca”, y en carpeta, otro proyecto de “inocencia” para el blanqueo de grandes evasores. Además, se hizo pública una nueva ley “ómnibus” desreguladora, que va por otra catarata de cambios regresivos para el sector editorial y librero, vitivinícola, agrario, cooperativo, farmacéutico, y pone fin a las regulaciones estatales al Gas Licuado de Petróleo. Todo en nombre de una sacrosanta desregulación que sólo beneficiará a los núcleos minoritarios capitalistas, a la vez que se lacera la vida de las mayorías humildes y las clases medias. Para la aplicación de estas políticas resulta imprescindible que una parte de los gobernadores continúe allanándose a todo tipo de despropósitos. Su levantamanismo, sometiéndose a los dictados de Milei, avala leyes como la contrarreformista laboral, la entrega de nuestros glaciares, posibilitando que se cumpla el viejo sueño de las mineras, y ahora la felonía de la ley de privatización, entregando nuestras mejores tierras con sus riquezas minerales y el agua a las corporaciones extranjeras ¿Hasta dónde y hasta cuándo seguirán barranca abajo votando contra el país, algunos de ellos defraudando su identidad peronista, y la voluntad opositora del voto de su propio pueblo? ¡Debieran recordar que juraron por Dios o por la Patria! Algunos siguen fogoneando la campaña delirante del odio antiargentino, esperanzados en que se vaya alejando el sentimiento nacional malvinero simbolizado en la ya histórica sábana alzada por nuestros jugadores ante mil millones de personas. El trapo que bajó desde la tribuna destartaló todo el instrumental de la batalla ideológica de la ultraderecha con el propósito de diluir el sentido de identidad nacional y de reivindicación soberana de nuestras Islas.
La temeridad con la que el Gobierno responde a sus verdaderos representados, el establishment local y de Wall Street, resulta contrastante con la fría indiferencia hacia la sociedad argentina que vive la angustia del día a día, aunque en la opinión pública, el Gobierno inevitablemente se deteriora. No solo se desnudó que el prometido ajuste a la casta no existió, sino que sus principales figuras fueron quienes tuvieron dicho comportamiento, mientras que el trabajo y el esfuerzo social es horadado por la inflación, particularmente en el precio de los alimentos y las tarifas ya impagables, la falta de empleo, la morosidad en familias y los quebrantos de Pymes. Sin embargo, ante este horizonte cada vez más desolador, el viceministro de Economía reedita la monotonía macrista de los “brotes verdes”. Mismo modelo, mismas frases, despreciando la experiencia del pueblo. A pesar de esta realidad, la Kristalina del FMI visita la Argentina, para explicitar más que nunca el apoyo del Fondo al plan de Milei y el Toto. Sus razones son durísimas, ya que tienen que cobrarle a este país quebrado los grandes créditos que otorgaron por orden de D. Trump a pedido de los endeudadores M. Macri y J. Milei. Los vencimientos de este año y los próximos de capital e intereses son tan cuantiosos como impagables. Pero la señora del Fondo, como siempre, viene por más: exige especialmente una “reforma tributaria integral” muy regresiva. Otra de sus prioridades es “reducir el umbral de ganancias”, de cuya traducción resultará que un millón de asalariados se sume al pago del impuesto, y también se incrementará el aporte de los monotributistas. No podía faltar una drástica reforma previsional que liquide nuestro sistema jubilatorio.
Ante esa ofensiva y la ausencia de un espacio político unitario que genere una expectativa esperanzadora frente a la angustia cotidiana de la sociedad, las calles y las plazas se van transformando, cada vez más, en los ámbitos principales para articular las luchas. Las centrales sindicales acompañaron recientemente la marcha de los y las jubiladas. Urge que todos los sectores afectados se sumen en defensa de sus propios intereses a los del conjunto del pueblo. Será la única forma de oponerse al proyecto mileísta de perpetuarse, cuyo sustento es su precepto cultural: “la sociedad no existe, solo existe el individuo”. Tal afirmación es la disolución de lo público, lo colectivo y la idea de nación bajo la inspiración diaria de Milei de cara al busto de Thatcher en su despacho.