Página/12| Opinión
El poder real celebra un éxito político trascendente, aunque algunos lo hacen entre cuatro paredes, ya que impone una de sus mentadas “leyes estructurales”. Desde el fondo de estos tiempos de hegemonismos ideológicos y económicos, los “mercados” vienen instalando su dogma, sustentado en tres pilares inmutables: la reforma laboral, la tributaria y la previsional. Su propósito no es solo el de alimentar su bolsa infinita de riquezas, sino cambiar desde su base el sistema de valores culturales que amalgamaron a una sociedad con permanentes aspiraciones de progreso social para sus trabajadores y los diversos estratos de las clases medias. De eso se trata. ¡Qué quede grabado en la piedra: nosotros, las oligarquías de Wall Street, del petróleo y las minas de litio y tierras raras, del comercio electrónico y las plataformas, bancos y fondos de inversión…sí, también, las viejas oligarquías terratenientes con tecnologías de punta, nosotros los dueños de los multimedios; todos manejamos el poder político – cultural, sin las mediaciones que nos imponían las democracias, que vienen desde la revolución norteamericana, la revolución francesa, y los sueños de Libertad e Igualdad emergente de los Revolucionarios de Mayo! Qué lo sepan: se terminaron para siempre las reformas progresistas originadas en los inicios del siglo XX, de socialismos con sus diversos afluentes, de un radicalismo popular inspirado en el ideario de Alem, que instaló la jornada de 8 horas en 1929; del primer peronismo que marcó un antes y un después en materia de derechos sociales y culturales, hasta la fase de la recuperación democrática luego de la dictadura sanguinaria de la derecha revanchista. Este período histórico estuvo marcado por la voluntad democrática de R. Alfonsín, y la determinación política de los presidentes Néstor y Cristina Kirchner, en pos de transformar a la sociedad con un fuerte sentido latinoamericanista y de transferencia de riquezas a favor de las mayorías.
Esos núcleos del poder corporativo cultural se entusiasman con la sensación de que se instrumentará su ansiada gobernabilidad que impulse y estabilice sus modelos económicos y el sistema político cuyo signo verdadero es un contrarreformismo hacia los proyectos populares. Consecuentemente interpretan que es hora de desregular, y liquidar al Estado protector y distribuidor propio de modelos mercadointernistas e industrialistas. Alguna vez fue “la hora de la espada”. Se proponen marcar a fuego la llegada de “la hora de los mercados”, con el agregado de época de obediencia al déspota de turno, ahora D.Trump y mañana otro u otra, como M. Thatcher, admirada por Milei. Desde ese triunfalismo político están creando también la idea que transitamos tiempos de “liberación” del mercado, ya estructuralmente dominado por las corporaciones multinacionales y sus socios menores de la burguesía local fugadora. En esta hora histórica de los mercados, Adorni habla de “liberación”, pervirtiendo esa palabra emblemática de los revolucionarios de todas las épocas. Así es que se plantean liberalizar la extranjerización de tierras para que los capitalistas de cualquier lugar del planeta compren grandes extensiones de nuestro territorio en zonas donde se concentran bienes estratégicos como el agua dulce y minerales para entregarlos graciosamente a los tiburones planetarios. De
eso se trata la idea de modificar la Ley de Glaciares (2010), un hito fundamental que estableció la protección de los glaciares y el ambiente periglaciar como reserva estratégica de agua y patrimonio nacional, generando status extranjeros privados, solo que no se trataría de una usurpación violenta, como el caso del imperio británico con nuestras Malvinas, sino una concesión voluntaria consagrada por los congresales, muchos de los cuales no parecen preocuparse por el lugar oprobioso que ocuparán en la historia. En esta hora de los mercados resulta “lógico e inevitable” imponerle un nuevo orden a los y las trabajadoras: abaratar y favorecer los despidos, las organizaciones sindicales ¡afuera! de sus empresas, basta de delegados, asambleas y mucho menos convenciones colectivas nacionales y derecho de huelga. Ni que hablar de continuar con la jornada de 8 horas, vacaciones y el derecho a la remuneración plena en caso de enfermedad. El grito de guerra es tan crudo como violento: ¡todas esas conquistas son anacrónicas! Para ellos, nada de “lo viejo funciona” rechazando la convicción de Favalli en El Eternauta. En “la hora de los mercados” los trabajadores deberán negociar “de igual a igual” con las corporaciones; o sea que un trabajador de Ford, Arcor o Techint debe imaginar que ambos tienen el mismo poder y consecuentemente se llegará a un acuerdo justo. Es imposible pensar que semejante falsedad pueda ser acatada. Lo novedoso es que mientras la conducción hegemónica de la CGT negociaba la sobrevivencia de su poder, se fue constituyendo una fuerza crítica decidida a confrontar. El Frente de Sindicatos Unidos (FRESU) convocó a los trabajadores a paros y marchas con una importante participación y protagonismo en Córdoba, Rosario y en la Plaza de Mayo, generando una alternativa de nuevo poder en el movimiento obrero, lo cual implicó una fuerte presión para que sea convocado el paro general.
Mientras tanto, los salarios siguen cuesta abajo. En diciembre perdieron otro 2,1% acentuando su deterioro frente a la escalada de precios y engrosando más aún al enorme núcleo de ciudadanos /as pobres e indigentes. Un caso extremo es el aumento del boleto de colectivo que subirá un 41% llevando el mínimo a $700 en marzo. Por su parte, el Macri “bueno” les cobra a los usuarios del subte $1300. Se trata de un saqueo a los trabajadores, estudiantes y profesionales porteños.
Al caos clasista de Milei bancando a los empresarios súper millonarios y a los prestamistas planetarios, todos unidos junto a Trump, debe oponerse una fuerza política que articule un amplio bloque con vocación de asumir un proyecto político reformista, que transfiera riquezas a favor de las mayorías. La unidad siempre es vital pero debe hacerse asumiendo las demandas del pueblo agredido por la derecha; como así también las expectativas de la juventud, de las Pymes amenazadas, de universitarios y científicos, y diversidades nuevamente estigmatizadas. La respuesta una vez más debe estar en una política renovada, con autocrítica y un programa político audaz.